En estos meses, a partir de la profundización del alineamiento de Argentina con Estados Unidos, volví a pensar en tres libros que siempre me ayudaron a entender algunas cosas de la economía de nuestro país.
Uno está escrito por Pablo Gerchunoff y Pablo Faingelbaum. Se llama ¿Por qué Argentina no fue Australia? y trata de explicar las diferencias entre ambos países, que compartiendo una misma estructura productiva, uno logró desarrollarse y otro no.
Los autores encuentran dos motivos estructurales: uno es que Australia está ubicado en un lugar clave para la geopolítica. Estados Unidos y occidente la apoyaron para competir con Japón. El otro es que cuando Japón se desarrolló, Australia logró venderle materias primas porque tenían economías complementarias.
Argentina no tiene ninguna de estas dos cosas. Salvo para Trump que hoy sí, en su cabeza, le asigna al país un lugar relevante para la geopolítica. Sin embargo, Argentina no tiene una economía complementaria de Estados Unidos sino de China. Y Trump le está ordenando “salí de China”.

El otro libro se llama Gran Bretaña, Estados Unidos y la declinación Argentina. El autor, Carlos Escudé, cuenta que el surgimiento de norteamérica como potencia fue problemático para Argentina porque, justamente, competía con lo que nuestro país producía.
Cuando el mundo tenía a Gran Bretaña como potencia, Argentina se beneficiaba de ser una economía complementaria. Nosotros les vendíamos materias primas, ellos nos enviaban productos industriales y era un negocio para ambos países. Al menos al principio.
Cuando apareció Estados Unidos como potencia tuvimos que empezar a competir con ellos y nos aplastó. O, dicho de otra manera: nos limitó la capacidad de crecimiento.
Estados Unidos sigue siendo competitivo con Argentina. El país que es complementario del nuestro, entre todas las potencias del mundo, es China.
Si lo que dice el libro es correcto, es ahí donde deberíamos ir.

El tercero, lo escribió Joseph Stiglitz, que fue premio Nobel de Economía y vicepresidente del Banco Mundial. Un gran economista. Se llama El malestar en la globalización y lo escribió en el 2004, cuando ya la globalización estaba en crisis. Ahí Stiglitz decía que el Fondo Monetario Internacional recomienda siempre lo mismo: ajuste. No tiene otra recomendación. Y que siempre termina mal. Acentúa las crisis y, finalmente, la población se rebela.
Más de 20 años después, vale volver a ese libro donde Stiglitz dice algo que sostiene en estos días: los ajustes no siempre están bien hechos, son injustos y hay otras formas de salir de las crisis que no necesitan de recortes.
Pero claro, cuando los países se endeudan, el Fondo tiene tanto poder sobre esos países que no pueden escapar de esa lógica.

Y aquí, amigos, nos despedimos hasta la próxima. Ha sido un gusto, como siempre.
