
El 11 de septiembre pasado, en el salón de actos de la Facultad de Derecho, Esteban Bullrich presentó su libro “Liderazgo Espiritual”. Carlos Pagni, Julia Mengolini, Marcelo Longobardi y yo fuimos los elegidos para acompañarlo. O sea, Esteban eligió a cuatro periodistas –“en este momento en el que están siendo injustamente agredidos”—que pensamos distinto y, en algunos casos, muy distinto a él. Fue un evento muy emocionante. Esteban, como se sabe, hace cinco años sufre un proceso de deterioro muy cruel, consecuencia de la Esclerosis Lateral Amiotrófica, una enfermedad neurodegenerativa progresiva que, en pocos años, lo fue limitando hasta este momento, donde apenas puede mover los ojos. Con esa sola herramienta, los ojos, escribió un libro. Eso solo ya parece un milagro (a él le va a gustar que yo, un agnóstico, escriba esa palabra). El segundo milagro es que ese libro contiene un mensaje muy potente, consistente, y mucho más lúcido que la mayoría de los mensajes que provienen del resto de la dirigencia del país, que no padece una dolencia tan cruel. Solo voy a citar algunos de sus primeros párrafos. En todo caso, ustedes decidirán si lo leen:
“Varios líderes políticos de nuestro tiempo quieren aparecer como líderes religiosos. No simplemente como dirigentes con fe, ni como personas creyentes que dejan traslucir sus convicciones, sino como figuras investidas de una autoridad que parecería provenir de un plano sagrado”.
“Donald Trump y Javier Milei son dos ejemplos visibles de esa tendencia. Trump ha reforzado en actos y mensajes oficiales la idea de haber sido preservado por Dios para cumplir una tarea política excepcional, y en 2026 incluso participó desde la Casa Blanca en una lectura pública de un pasaje bíblico particularmente asociado a la idea de restauración espiritual nacional”.
“Milei, por su parte, ha convertido en marca política expresiones como «Las Fuerzas Del Cielo» y mantiene en discursos oficiales un lenguaje en el que la apelación a Dios y a una dimensión trascendente ocupa un lugar central”.
“Una cosa es que un político tenga fe. Otra muy distinta es que busque presentarse como intérprete privilegiado de una voluntad superior, o como encarnación de una batalla moral absoluta entre el bien y el mal. Ahí empieza la confusión. Y cuando esa confusión crece, la política se empobrece y la espiritualidad se deforma”.
“El líder religioso es, en esencia, un guardián. Custodia un mensaje, transmite una doctrina, acompaña a una comunidad que cree en lo mismo. Su legitimidad nace de esa coherencia interna. Cuando habla, lo hace desde un marco compartido; cuando guía, lo hace hacia un horizonte que sus seguidores reconocen”.
“El liderazgo espiritual, en cambio, no nace de la coincidencia sino de la diferencia. No parte de una comunidad homogénea, sino de un mundo diverso. No presupone acuerdos, los construye. No se apoya en una identidad compartida, sino en una dignidad compartida”.
“Mientras el liderazgo religioso reúne a los que creen lo mismo, el liderazgo espiritual busca unir a los que creen distinto. Ahí está la primera gran diferencia”.
“El liderazgo espiritual no intenta homogeneizar. No busca que todos piensen igual, ni que todos crean lo mismo. Su tarea es más compleja y más desafiante: generar unidad sin eliminar la diversidad. Construir un «nosotros» que no anule al «otro».
“Por eso, el liderazgo espiritual no puede ser excluyente. No puede definirse por oposición. No puede necesitar un enemigo para afirmarse. Porque su esencia no es la defensa de una identidad, sino la creación de un vínculo. Esto no significa que carezca de convicciones. Al contrario, las tiene profundamente arraigadas. Pero no las usa como un muro, sino como un punto de partida para el encuentro. El líder espiritual no renuncia a lo que cree, pero tampoco reduce al otro por no creer en lo mismo. Y en esa tensión aparece su verdadera tarea”.
Lamentablemente, la filmación del acto no tiene gran calidad, ni de imagen ni de audio. Pero igual me pareció que debía subirlo a este newsletter, donde comparto cosas que me resultan significativas, por fuera de la agenda diaria del país: y esto fue muy significativo. Si le dedican un ratito, podrán escuchar algo sobre la riqueza de una relación entre un dirigente de centro derecha, militante católico, con apellidos que nombran muchas calles importantes, y un periodista agnóstico, judío, hijo de padres que era militantes de izquierda cuando él nació. Y tal vez, como a mí me sucedió ese día, los emocione un poco esta historia.
Hasta la próxima.
