“La desindustrialización no era inevitable. Fue una elección política consciente, una iniciativa económica que duró décadas y que despojó a nuestras naciones de su riqueza, su capacidad productiva y su independencia”.
El sábado 14 de febrero se realizó en Munich una Conferencia de Seguridad donde participaron algunos de los principales líderes del mundo. La intervención más destacada perteneció a Marco Rubio, el secretario de Estado de Donald Trump. Muchos de los partidarios de Trump, y de Javier Milei, destacaron ese discurso como un antes y un después en la política internacional. Es difícil sostener eso a priori, parece más bien una expresión de deseos. Pero lo cierto es que el discurso fue muy interesante porque revela con bastante profundidad las ideas del liderazgo actual norteamericano.
El párrafo con el que empieza este texto pertenece a ese discurso y revela, una vez más, un antagonismo poco destacado entre la mirada del trumpismo y la de los libertarios argentinos. En el centro del pensamiento trumpista, como se sabe, figura la defensa de la industria, la utilización de aranceles para protegerla, la construcción de fronteras comerciales que creen un ámbito propicio para el desarrollo industrial: eso que el mileísmo llama “cazar en el zoológico”. Es solo cuestión de leer la literalidad de Rubio.
“El infame muro que había dividido a esta nación en dos cayó, y con él un imperio malvado, y el Este y el Oeste volvieron a ser uno. Pero la euforia de este triunfo nos llevó a una peligrosa ilusión: que habíamos entrado, y cito, ‘en el fin de la historia’; que todas las naciones serían ahora democracias liberales; que los lazos creados por el comercio y los negocios sustituirían a la nacionalidad; que el orden mundial basado en normas, un término muy manido, sustituiría al interés nacional; y que ahora viviríamos en un mundo sin fronteras en el que todos seríamos ciudadanos del mundo. Era una idea absurda que ignoraba tanto la naturaleza humana como las lecciones de más de 5000 años de historia documentada. Y nos ha costado muy caro. En este engaño, abrazamos una visión dogmática del comercio libre y sin restricciones, incluso cuando algunas naciones protegían sus economías y subvencionaban a sus empresas para socavar sistemáticamente las nuestras, cerrando nuestras fábricas, lo que provocó la desindustrialización de gran parte de nuestras sociedades, la deslocalización de millones de puestos de trabajo de clase media y trabajadora al extranjero y la entrega del control de nuestras cadenas de suministro críticas a adversarios y rivales”.
Hace poco tiempo advirtió esto mismo el titular de Techint, Paolo Rocca, cuando explicó que el mundo había cambiado y que las reglas de la globalización estaban quedando atrás de manera dramática. “El cambio de la situación en el mundo ha sido brutal. Es el final de un ciclo que se abrió en los años noventa con la caída del muro. Si no era el fin de la historia, era una historia más estable. Todo esto ha terminado. Estos cambios surgen de la ambición de China a poner en cuestión la posición hegemónica de los Estados Unidos en todos los ámbitos. China tiene el 34 por ciento de la manufactura de todo el mundo, una agresiva expansión militar, especialmente en el sector naval, con un control del mar del Sur de China; una política decidida para ser líder en tecnología, desde los semiconductores hasta la inteligencia artificial. En 2015 cuando China hace de Made in China el principio guía de la gestión de Gobierno, alinea todo el país y logra éxitos impresionantes”. Y luego: “Las decisiones de los Estados Unidos son de una intervención activa en todos los ámbitos. No se limita a sanciones, a tarifas, se extiende a intervención en capitales de distintas empresas, a restricciones de exportaciones, a prohibiciones de acción. Europa está reaccionando tomando decisiones igualmente agresivas. Lo mismo está haciendo Canadá, lo está haciendo México. Lo están haciendo todos los países del mundo”.
Milei se enojó y lo llamó Don Chatarrín.
Hay motivos bastante obvios para pensar que la Argentina va a contramano de las ideas dominantes en el mundo. Brasil se protege. Los libertarios podrán decir que es porque Lula es marxista. No lo es, pero podrían decirlo. Ahora: los Estados Unidos, que conduce su amigo Trump, también lo hacen. Con el objetivo, por ahora fallido, de pulverizar la inflación, la Argentina no da ninguna de las peleas que Rubio recomienda dar.
Pero volvamos a Marco Rubio y su discurso. En ese texto, convocó a Europa a aliarse con Estados Unidos para reconstruir el poder de Occidente previo a la Segunda Guerra Mundial. Es un objetivo muy difícil de lograr, sobre todo si se tiene en cuenta que las cosas han cambiado mucho desde 1945. Por ejemplo, mientras él dice esas cosas, cada país de Occidente establece su propia estrategia frente a China, que en la mayoría de los casos es un socio comercial importante e imprescindible. Sea como fuere, es un discurso que refleja la tensión que atraviesa al mundo. Es muy impresionante leerlo. Lo tienen completo aquí.
En la misma conferencia de Munich, habló el ministro de Relaciones Exteriores chino, Wang Yi. El discurso fue exactamente opuesto al de Rubio. El canciller chino defendió la necesidad de preservar la globalización como un sistema de cooperación y no de competencia, y señaló a los países que impulsan el unilateralismo como principal factor de desestabilización de la paz mundial. Curiosamente, los Estados Unidos argumentan en contra de la globalización y los chinos se han transformado en sus principales defensores. El discurso de Wang Yi lo pueden encontrar aquí.
A principios de la década del 70, Richard Nixon tomó la decisión de acercarse a Mao Tse Tung para dividir el bloque comunista. Esa nueva alianza cambió al mundo. Primero dividió a las dos potencias comunistas. Luego, paulatinamente, convirtió a China hacia el capitalismo de Estado. Décadas después el crecimiento chino derramó riqueza por todas partes. Ahora se ha transformado en una especie de Frankestein. Se trata de un efecto mariposa impresionante que debería ser una advertencia a quienes creen que desde su circunstancial lugar de poder pueden diseñar el mundo que viene. Más vale proponerse objetivos más realizables. Pero, bueno, son los tiempos que corren.
