Tal vez los más jóvenes no lo sepan, pero Charles Chaplin fue uno de los hombres más talentosos de la historia humana. Su personaje, conocido aquí como Carlitos Chaplin, era una especie de tierno perdedor que conmovía multitudes en la época del cine mudo. Miren un ejemplo de lo que él hacía.
Sus películas inolvidables –El pibe, Tiempos modernos, El circo—eran todas mudas. Carlitos Chaplin andaba de acá para allá con su smoking raído, su sombrero bombín, su bastón. En general, su confianza en los seres humanos, su bondad, su ingenuidad, contrastaba con la crueldad de otras personas que lo humillaban, o con la indiferencia de las bellas mujeres que ignoraban su amor.
En 1940, Chaplin hizo una excepción: filmó su primera película hablada. La fecha es muy relevante porque en ese momento existía un serio riesgo de que los nazis dominaran el mundo. La película se llamó El gran dictador y era una ironía dirigida directamente contra el nazismo. O sea, además de una obra maestra era un gesto de enorme valentía. Con el tiempo hubieron muchísimas películas antinazis, por suerte. Pero hacerlo en ese momento tenía otro significado y otro riesgo.
Chaplin interpretaba al mismo tiempo a Hynkel, el dictador de Tomainia, y a un humilde barbero judío. El parecido de ambos producía que, en un momento, intercambiaran roles. De esa confusión surgieron dos escenas memorables. En una de ellas, “el gran dictador” juega con el planeta tierra.
Si no la vieron, merece que lo hagan. Si no la recuerdan, también. Y aun si la vieron y la recuerdan, lo recomiendo porque es una genialidad. Se los dejo aquí para ver en Youtube y pueden elegir ahí los subtítulos en español.
La segunda escena memorable es el discurso final, donde el falso dictador, que en realidad es un peluquero judío, pronuncia un discurso que quedó para la historia. En ese texto se resumen los valores de la democracia, que unían a todos los antinazis y que fueron dominantes en el mundo occidental. Lo digo en pasado porque en estos extraños tiempos el racismo, la persecución a millones de personas por su color de piel, las matanzas y bombardeos indiscriminados se han puesto de moda, como en la primera mitad del siglo pasado.
Tal vez sea útil hacer un copy paste del discurso para recordarlo como se debe. Cada uno sabrá si defiende aquellos valores tan universales y razonables o si los ha olvidado. No soy quien para señalar a nadie.
Así que lo transcribo. Debajo del texto van a encontrar el fragmento donde ese genio llamado Charlie Chaplin lo actúa. Las dos cosas valen la pena. Agregan algo de claridad en estos tiempos violentos.
“Lo siento, pero no quiero ser emperador. No es asunto mío. No quiero gobernar ni conquistar a nadie. Me gustaría ayudar a todos, si es posible: judíos, gentiles, negros, blancos. Todos queremos ayudarnos mutuamente. Así somos los seres humanos. Queremos vivir de la felicidad de los demás, no de su miseria. No queremos odiarnos ni despreciarnos. En este mundo hay lugar para todos. Y la buena tierra es rica y puede proveer para todos. La vida puede ser libre y hermosa, pero hemos perdido el rumbo.
“La codicia ha envenenado las almas de los hombres, ha llenado el mundo de odio, nos ha arrastrado a la miseria y al derramamiento de sangre. Hemos desarrollado la velocidad, pero nos hemos encerrado en nosotros mismos. La maquinaria que nos da abundancia nos ha dejado en la miseria. Nuestro conocimiento nos ha vuelto cínicos. Nuestra astucia, dura e insensible. Pensamos demasiado y sentimos muy poco. Más que maquinaria, necesitamos humanidad. Más que astucia, necesitamos bondad y gentileza. Sin estas cualidades, la vida será violenta y todo estará perdido…
“El avión y la radio nos han acercado. La esencia misma de estos inventos clama por la bondad humana, clama por la fraternidad universal, por la unidad de todos nosotros. Incluso ahora, mi voz llega a millones de personas en todo el mundo: millones de hombres, mujeres y niños desesperados, víctimas de un sistema que obliga a los hombres a torturar y encarcelar a personas inocentes.
“A quienes puedan oírme, les digo: no desesperen. La miseria que ahora nos azota no es sino el resultado de la codicia, la amargura de quienes temen el progreso humano. El odio de los hombres pasará, los dictadores morirán y el poder que arrebataron al pueblo volverá a él. Y mientras haya hombres, la libertad jamás perecerá…
“Soldados, no se entreguen a brutos, hombres que los desprecian, los esclavizan, controlan sus vidas, les dicen qué hacer, qué pensar y qué sentir. Que los adiestran, los someten a dietas, los tratan como ganado, los usan como carne de cañón. No se entreguen a estos hombres antinaturales, hombres máquina con mentes y corazones de máquina. ¡No son máquinas! ¡No son ganado! ¡Son hombres! ¡Llevan el amor a la humanidad en sus corazones! ¡No odian! Solo odian los que no son amados, los que no son amados y los antinaturales. Soldados, no luchen por la esclavitud. ¡Luchen por la libertad!
“En el capítulo 17 de San Lucas está escrito: «El Reino de Dios está dentro del hombre», no en un solo hombre ni en un grupo de hombres, ¡sino en todos los hombres! ¡En ti! Tú, el pueblo, tienes el poder: el poder de crear máquinas. ¡El poder de crear felicidad! Tú, el pueblo, tienes el poder de hacer de esta vida algo libre y hermoso, de convertirla en una maravillosa aventura.
“Entonces, en nombre de la democracia, usemos ese poder; unámonos todos. Luchemos por un mundo nuevo, un mundo digno que brinde a los hombres la oportunidad de trabajar, que dé a la juventud un futuro y a la vejez seguridad. Con la promesa de estas cosas, los brutos han llegado al poder. ¡Pero mienten! No cumplen esa promesa. ¡Jamás lo harán!
“¡Los dictadores se liberan a sí mismos, pero esclavizan al pueblo! ¡Luchemos ahora para cumplir esa promesa! Luchemos por liberar al mundo, por eliminar las barreras nacionales, por acabar con la codicia, el odio y la intolerancia. Luchemos por un mundo de razón, un mundo donde la ciencia y el progreso conduzcan a la felicidad de todos. ¡Soldados! ¡En nombre de la democracia, unámonos!”
Gracias por la atención. Nos vemos en un par de semanas.
